Tibia temperatura manchega

Manzanares. Ciudad Real. 18 de julio.

Crónica del festejo

Toros de Daniel Ruiz, para El Juli, Cayetano y Joselito Adame.

 

Por Paz Domingo

Ya lo dice un amigo, que a la feria de los pueblos hay que ir si se dan dos circunstancias: cuando uno tiene pueblo, y cuando se den toros, y si no, es mejor no ir, porque se corre el peligro de no enterarse de nada. Si a pesar del consejo, uno es muy capaz de asomarse a este inquietante momento taurino de rigurosidad desdibujada, conviene que se acerque con sosiego y comprensión, que se sobreponga a la caricatura que se hace de este espectáculo, donde lo que más importa es el derroche de jolgorio, y que se lo tome como lo que es, ni más ni menos, como una experiencia.

Sin embargo, la paradoja es considerable. Por un lado, se cuestiona la falta de integridad de estas manifestaciones que competen al ámbito íntimo, pero que deben ajustarse a la legalidad del orden taurino competente. Por otro, gracias a estos pueblos y a sus pueblerinos, a sus fiestas patronales, al derroche de imaginación ancestral, se puede admirar la colosal dimensión de un movimiento social, cultural y pintoresco único en el mundo y en la historia, al mismo tiempo que permite disfrutar de un soberbio patrimonio, que se engalana y abre sus puertas de par en par.

La centenaria plaza de Manzanares bien merece un paseo. La rotundidad del tapial manchego, la piedra encalada, los soportales sin rincones, la finura de las líneas divisorias de los palcos, el trasiego de los toriles a la vista de todos, los azulejos de las localidades, la esmerada y bien realizada obra de ampliación del coso, sus dependencias robustas de recorridos sencillos, su olor a campo de otro tiempo ya lejano en la memoria. Merece la pena, con toros o sin toros. Es puro disfrute, para el visitante y para quien tiene alma torera.

Para los toreros, figuras o no, esto de las manifestaciones locales de alegría es pan comido. Estos festejos, que engordan el cómputo del escalafón, les sirve, y mucho, de entrenamiento. O al menos es lo que se pretende. Pero las cosas están cambiando por estas plazas. Resulta bastante chocante que los estrellas rutilantes del firmamento taurino, -los que aportan su nombre como reclamo para los carteles- no llenen ya ni estas plazas de Dios. Esta por comprobar, que no hayan bajado su caché, aunque suponemos que lo han hecho ya a estas alturas, pues es impensable que este derroche se pueda seguir desarrollando como hasta ahora. Las razones parecen obvias. Que duda cabe que los empresarios taurinos son muy espabilados, y de alguna manera tienen que hacer caja. Si los cosos no se llenan, a pesar de que las entradas cuestan un riñón y de los carteles grandiosos, necesitan las subvenciones de los ayuntamientos para tener la fiesta que creen que se merecen. Es decir, tiran por lo alto. Pero, el bolsillo de grandes dimensiones parece que se agota. Y el agotamiento no lo está dejando solamente la crisis económica que se está manifestando, más bien parece venir del puro hartazgo que están produciendo todos estos festejos de mucho ruido y pocas nueces. Y la gente, aunque de pueblo, ya está tomando nota. Un cartel como el que nos ocupa, era para hacer el agosto, y sin embargo, ahí está, sin lleno en las gradas y unas figuritas sin convencer, sin aportar ni una mínima actuación decente para cubrir con el protocolo de ofrecer diversión, imprescindible en el alma del paisanaje.

Se puede imaginar que dichos toreros cuando llegan a estas plazas dispersas del orbe taurino, lejos de las presiones y exigencias de las cátedras de la tauromaquia más exquisita, desarrollen, o sean capaces de ello, un toreo más personal, que se bandeen mejor en estos terrenos, y sin embargo, se comportan igual o peor, con las mismas carencias y las mismas suficiencias, pero tan empobrecidas y tan desvirtuadas ante oponentes de poca enjundia, que no deja indiferente al más pintado, ni al paisano tampoco. Que no son tontos.

El Juli esta a lo suyo, es decir más de lo mismo de lo mismo. Zapatillazo, carreritas para atrás, de amplias afueras, y lo que salga por la puerta de toriles da igual. Le tocó el más inválido de la tarde, pero el matador se mostró indiferente. Esto irritó al público, que le pedía con insistencia que pusiera banderillas. Ya se sabe. Regla número uno: no contrariar a los paisanos, no provocar a los que están al sol de justicia. En su segunda actuación ni lo quisieron ver. Le dijeron lo que le tenían preparado y se pusieron también a lo suyo: comerse el bocadillo y templar la sangría. Con Cayetano estuvieron a verle venir, y cuando le vieron parece que se quedaron igual, -todos que no todas, pues las chicas allí se hubieran quedado un ratito más en tan platónica compañía. Y es que este diestro aporta muy buenas maneras, fabulosas composturas, muy plásticas, mucho empaque de torero, se sabe la lección y construye bien las faenas, incluso insinúa que quiere terrenos certeros, pero no termina de llegar, de pisar firmemente, no infunde este arrebato desde las entrañas, resulta tan frío, que por mucho que elabore finamente, no transmite la esencia de este arte sublime. Y así estuvo en sus dos toros. Dejó algunos naturales sueltos en su segunda faena, más trabajosa porque el animal se paró de golpe. Mató como siempre, como un pinchauvas.

Y llegó Joselito Adame y se hizo de querer. Empezó a bullir por la albero, y el público con él. Recibió con una larga cambiada, llevó al toro a los medios para darle dos verónicas, puso banderillas con los colores de su tierra mexicana -el primer par de poder bien ejecutado, el resto muy ventajista. Estuvo codicioso y voluntarioso, y también muy teatrero, pues con un pinchazo que no era ni hondo, levantó la mano al cielo con gesto triunfador de héroe de cómic. El animal dobló con insignificante herida, lo que da testimonio de la capacidad del presunto representante del ganado bravo. En su segundo oponente, con algo más de cornamenta que sus hermanos de género, y con algo más de boyantía, Joselito se convirtió en ídolo de las peñas, a estas alturas sobrepasadas de líquido embriagador,y le proclamaron rey absoluto al grito de “Joselito toca el pito”. El joven diestro quiso responder. Tiró de repertorio. Abusó de los molinetes, de los ayudados de rodillas, de los cambios de manos, de los ayudados, de las pedresinas, y de unas desastrosas estocadas. Pero dejó una revolera bellísima en dos tiempos. Con la mitad del capote en la mitad de la cara, para concluir por detrás cuando el toro pasaba bajando la cara. Le proclamaron vencedor y le sacaron a hombros.

Así son las fiestas de los pueblos. Desde el sol, entre el paisanaje gritón, las incansables peñas, abriéndose camino entre incontables bolsas repletas de bocadillos, chucherías, sombreros y neveras descomunales, entre cuerpos descamisados y bañadores indefinidos que caen desplomados a la rodilla. Por allí se dejan ver las fuerzas vivas locales, las señoras de muchas pretensiones postineras, los teñidos rubios que proliferan. Se lucha por conseguir un beso furtivo del torero de marras, el autógrafo en la camiseta, los abrazos de los compadres ya cocidos, las exhibiciones de los más artistas. El sol de justicia ya finaliza. El atardecer se aploma. El griterío se traslada. Y queda la quietud de la piedra y la serenidad de la temperatura tibia manchega.

 

Toros de Daniel Ruiz, flojísimos, sin fuerzas, inválido 1º, el 6º  más boyante, pero se pagó rápido; con escasa cornamenta, sospechosos de pitones en general, y de feo trapío, abundantes carnes y escasísimo genio. Todos recibieron un puyacito de señalización.

Julián López, El Juli: estocada trasera (oreja); 1 pinchazo, estocada casi entera trasera (saludos desde el tercio).

Cayetano: estocada casi entera caída (oreja): estocada caída muy tendida (saludos desde el tercio)

Joselito Adame: un pinchazo y dobla el toro (dos orejas); dos pinchazos traseros –el segundo bajísimo- (una oreja).

Tres cuartos de entrada.

Manzanares (Ciudad Real). 18 de julio de 2009.

 

Notas.

Este año se cumplen 75 años de la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. El diestro sevillano recibió una cornada mortal en la plaza de Manzanares el 11 de agosto de 1934. Compartía cartel con Fermín Espinosa, Armillita, y Alfredo Corrochano. Se le trasladó a Madrid y murió dos días después en la clínica del doctor Crespo. El toro se llamaba Granadino, y era hijo de un semental del conde de la Corte y una vaca veragueña, y pertenecía a la ganadería de Demetrio y Ricardo Ayala.

En las mismas dependencias de la plaza de toros de Manzanares se encuentra la sede Vicente Yesteras, fundada en 1982, presidida por Vicente López Callejas, torero de plata. Precisamente, otorgan todos los años un premio al mejor subalterno por su brega, actuación en banderillas o en la suerte de varas.

 

 
 
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